Hola, estoy leyendo desde hace unos dias “Estambul, Ciudad y Recuerdos” de Orhan Pamuk, en donde el autor nos cuenta las experiencias y vivencias cotidianas que vivió de niño en esa ciudad. Poco antes de la mitad del libro, hay un capitulo llamado El Placer De Pintar, el cual me pareció, no se si llamarlo curioso o revelador, pero que al menos para mi, como artista, me tocó de alguna manera.
Reproduzco aquí un fragmento, por si al leerlo alguien mas esboza una sonrisa de complicidad con esas paginas (bueno, con Orhan) y se siente identificado como yo lo hice.
Alzaba el dibujo de la mesa, lo sostenía untanto apartado de los ojos y contemplaba complacido lo que había hecho. Al mirar el dibujo movía la cabeza a izquierda y derecha y a veces lo a
poyaba en algún sitio, me retiraba y lo observaba de lejos. Si, eso era, estaba bien y lo había hecho yo. Si, no era exactamente perfecto, lo había hecho yo, estaba bien. Había sido bonito hacer el dibujo y ahora lo era contemplarlo como si fuera el de otro, como quien mira por la ventana.
Pero a veces, cuando pretendía ver mi dibujo con la mirada de otro, sentía que faltaba algo. O me dejaba llevar por la emoción y me habría gustado prolongar aquellos momentos de placer inigualable, volverlos a vivir. El atajo mas rápido para conseguirlo consistía en añadir una nube, unos pájaros o unas hojas.
En años posteriores llegué a pensar que aquellos mínimos añadidos “estropeaban” el dibujo. Pero como sabia perfectamente que eran el camino mas cortos para regresar a las delicias que había sentido al dibujar, era incapaz de contenerme. A veces sentía que dentro de mi se agitaba el deseo poderoso de volver a saborear aquel goce y empezaba un nuevo dibujo.
¿Qué tipo de placer era el que obtenía dibujando? en este punto, vuestro memorialista alejara un tanto su relato de la consciencia del niño pequeño y se aproximará a la del escritor de cincuenta años que cree que podrá explicarse a sí mismo intentando comprender a aquel niño pequeño.
